MEMORIAS DE UNA VIDA

El legado de María Eugenia

📖 Para Mi Hija Eimi

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María Eugenia Márquez Jiménez

RESPETO Y CRÉDITOS

• Diseño de Portada: Fotografía original de María Eugenia Jiménez Rivera (Puebla, México).

• Compilación y Redacción: María Eugenia Márquez Jiménez.

• Colaboradores de Memoria: Aurora Eimi Blanco Márquez, Jose Raimundo Rosendo Márquez y Méndez, Gloria Aurora Gayosso Márquez (Titiluchis), Guadalupe Jiménez Rivera, Alfonso Jiménez Rivera, Rocio Jiménez Rivera, Victoria Isabel Jiménez Rivera, María Guadalupe Cuevas Jiménez (Pipis), Guadalupe Ortiz y Eduardo Méndez Cruz.

• Año de Edición: 2026.

🌸 A mi amada hija, Aurora Eimi: 🌸

Siempre has sido la fuente inagotable de mi inspiración. Aunque a lo largo de mi vida nadie me enseñó a ser madre, por mis venas corre la sangre de una dinastía de mujeres empoderadas; una herencia sagrada que me transmitieron mis ancestros y tus abuelos. Nunca le he tenido miedo a nada, pues tu sola presencia en este mundo me ha dotado siempre de una fortaleza indestructible.

Hoy sé con certeza que mi mamá nos cuida desde el cielo. Ella se hace presente de forma constante en mis sueños, se manifiesta en los milagros cotidianos y en cada una de las bendiciones que nos rodean, amor mío... Por todo esto, escribo estas páginas para ti: para que sepas quiénes son los verdaderos guerreros de este mundo que de ahora en adelante custodian tu pasado, sostienen tu presente y guían tu futuro.

Con todo mi amor, Tu mamá 💕

📖 Índice General

  • I. El Árbol de los Guerreros
  • II. Prólogo: El Legado de la Luz
  • III. PARTE I: Las Raíces de la Voluntad
  • IV. Capítulo I: Cinco bocas y un solo corazón
  • V. Capítulo II: El aroma de San Manuel
  • VI. Capítulo III: Las sombras del hogar
  • VII. Capítulo IV: Un zoológico en el corazón
  • VIII. PARTE II: El Camino Propio
  • IX. Capítulo V: Semitas beisboleras
  • X. Capítulo VI: El nido en Maravillas
  • XI. Capítulo VII: Las hadas madrinas
  • XII. Ecos de su Luz: Recuerdos
  • XIII. Epílogo: La Promesa del Mar
  • XIV. Acerca de la Autora

🌳 El Árbol de los Guerreros

El Legado Vivo: De las Raíces de María Eugenia al Futuro de mi Hija

Este no es solo un mapa del pasado, sino un testimonio de amor que respira. En el centro de este jardín se encuentra María Eugenia Jiménez Rivera, la mujer que con su risa radiante, su fuerza inquebrantable y su espíritu moderno transformó nuestro apellido en un sinónimo de audacia. Las ramas de este árbol se extienden hacia atrás para honrar los orígenes y sacrificios de nuestros antepasados, pero caminan con fuerza hacia el mañana, floreciendo con amor en mi hija, quien lleva en su sangre el eco de esa misma valentía. Un linaje de guerreros que no se detiene, unido para siempre entre orquídeas y el vuelo eterno de los recuerdos.
ÁRBOL GENEALÓGICO DE MARÍA EUGENIA JIMÉNEZ RIVERA

Prólogo

🕊️ El Legado de la Luz

Este libro nace del fuego de una promesa silenciosa y de un amor que desafía a la muerte. Está escrito, con el alma abierta, en honor a mi madre, María Eugenia Jiménez Rivera. Su partida física dejó un vacío en la tierra, pero estas páginas son el santuario donde se plasman las memorias vivas que tengo de ella; un refugio donde, poco a poco, se irán escribiendo y entrelazando las demás historias que formaron parte de su universo. Me niego rotundamente a que su memoria se diluya en el olvido. No permitiré que el tiempo borre lo que ella hacía con tanta gracia, ni la calidez de su sonrisa, ni la ligereza de sus bailes improvisados, ni la belleza de su canto, ni la música que habitaba en su pecho cada mañana. La alegría desbordante de mi madre debe seguir siendo la antorcha, la luz perpetua que nos guíe a todos los que tuvimos el inmenso honor de amarla, conocerla y ser cobijados por su ternura. Eimi, yo quiero que guardes este recuerdo como el tesoro más sagrado de tu existencia y que, cuando llegue el momento, lo pases intacto a tus hijos. Quiero que comprendas una gran verdad: la historia de una familia nunca termina; al contrario, la historia verdaderamente inicia cuando recordamos, cuando vencemos al olvido plasmando en nuestra memoria cada vivencia a través de escritos y fotografías. Porque al final del viaje, cuando el ruido del mundo se apaga, eso es lo único que nos queda: las memorias compartidas y las fotografías eternas que guardamos en las mentes. Que este libro sea tu brújula, tu orgullo y tu espejo.
María Eugenia Jiménez Rivera joven
Meña.
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Parte I

Las Raíces de la Voluntad

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CAPÍTULO I

🕊️ Cinco bocas y un solo corazón

La historia de mi madre, María Eugenia Jiménez Rivera, no comienza el 13 de agosto, el día en que sus ojos se abrieron al mundo; comienza mucho antes, en el coraje silencioso de mi abuela, Isabel Rivera Bravo. Isabel nació en las tierras húmedas de Tabasco, México. Siendo apenas una niña, la vida le mostró su rostro más hostil: fue vendida para trabajar en condiciones de virtual esclavitud en una casa de la ciudad de Puebla. Aquella injusticia, que habría quebrado el espíritu de cualquiera, en ella sembró una fortaleza de hierro. El destino, complejo y caprichoso, la llevó a conocer años más tarde a Alfonso Jiménez Buiz, el padre de mi mamá. Con él procreó tres hijos: mi madre María Eugenia, Victoria Isabel y Alfonso. Sin embargo, el recuento de los pasos de Isabel nunca se limitó a las matemáticas de la sangre. En una época marcada por el silencio y la precariedad, el misterio de la vida y la muerte rondaba las habitaciones de las casas humildes. Mi madre solía contar, con una mezcla de tristeza y misticismo, que otro hijo «murió en el camino». Nunca supimos si se perdió en el sendero de la vida, en los dolores del parto o a causa de alguna enfermedad sin nombre, en un hogar donde la pobreza dictaba que a los niños no se les llevaba al doctor. A pesar de las ausencias, la casa de Isabel jamás estuvo vacía. Estaba Guadalupe —Lupita—, nacida de una relación previa de Alfonso, a quien Isabel cobijó bajo su manto desde el primer instante; y estaba también Rocío, a quien adoptó con un amor tan puro y legítimo que el tiempo terminó por borrar de la memoria familiar el hecho de que no hubiera nacido de su propio vientre. Eran cinco bocas. Cinco hijos que llamaban «mamá» a la misma mujer, aunque solo tres compartieran su genética. Esa fue la primera gran lección que mi madre absorbió desde la cuna: la maternidad no es un asunto de biología, sino de geografía espiritual. Isabel jamás distinguió entre el vientre y el corazón.
María Eugenia Jiménez Rivera joven
Chabelita

CAPÍTULO II

El aroma de San Manuel

LLa libertad suele tener un precio muy alto, y para Isabel, llegó disfrazada de fractura. Alfonso resultó ser un hombre misógino, machista y abusador; un hombre cuyo carisma exterior se transformaba en violencia física, mental y moral al cruzar el umbral de la puerta. La separación no ocurrió en un solo día; fue un proceso largo, el despertar paulatino de una mujer que no decidió «echarlo», sino que simplemente dejó de aguantar. Sin un techo propio, sin leyes que la protegieran ni una familia que la respaldara, Isabel regresó a Puebla con sus hijos a cuestas. Su único patrimonio era un talento magistral para la cocina y una voluntad inquebrantable. Fue así como, en la colonia San Manuel, en una esquina estratégica frente a lo que hoy conocemos como la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, decidió levantar un comedor de comida corrida. Aquel rincón humilde se convirtió pronto en un santuario que alegraba el corazón y el estómago de los transportistas de la zona. Las manos de mi abuela tenían el don de la alquimia: lograban una combinación perfecta entre los sabores sazonados del sur de Tabasco y los aromas tradicionales de Puebla, Tampico y el México central. Cada platillo era un manjar. Los choferes devoraban la sopa de fideos con pollo deshebrado, el arroz rojo acompañado de plátano frito y las tortillas recién salidas del comal. Se marchaban con el cuerpo tibio y la promesa de regresar. Y volvían. Siempre volvían, porque en esa mesa no solo encontraban alimento, sino el respeto y la dignidad que el asfalto les negaba. La necesidad, sin embargo, impuso sus propias matemáticas. María Eugenia tenía apenas diecisiete o dieciocho años cuando tuvo que abandonar las aulas. Su hermana Lupita ya había tomado el mismo camino. No hubo espacio para el drama; era necesario que las manos mayores trabajaran para que los hermanos pequeños puedan comer. A contracorriente de la adversidad, mi madre demostró desde entonces la tenacidad que la definiría siempre. Aunque no tuvo la fortuna de cursar una carrera universitaria, se esforzó por terminar la preparatoria por su cuenta y estudió inglés, buscando mantenerse siempre al nivel de sus propias aspiraciones y de las circunstancias del mundo. La cocina de San Manuel no le dio un título profesional, pero le otorgó una educación mucho más antigua y valiosa: la dignidad de sostener un hogar con una estufa, el orgullo del trabajo propio y la certeza de que el amor se demuestra alimentando a los demás. Isabel falleció hace apenas unos seis años. Sus cenizas se encuentran en la colonia San Manuel, resguardadas en Río Conchos 5533; una dirección que permanece grabada en mi memoria porque, desde que tengo uso de razón, ha sido el hogar donde mi madre, mis tías, mi prima y mis tíos han compartido la vida. Hoy en día, mi abuelita descansa en casa, cerca de su hijo. Isabel sigue existiendo en cada rincón de nuestra familia, en sus deliciosos frijoles refritos and en su entrega. Pero, sobre todo, existe en la herencia de transformar el dolor en puro amor.
Comida Hecha por María Eugenia Jiménez Rivera
Los aromas del hogar

CAPÍTULO III

Las sombras del hogar y el arrullo de la selva

Para comprender la profunda empatía que mi madre, María Eugenia, sentía por cada ser vivo, es necesario mirar de frente a los ojos de su pasado y caminar por las habitaciones más oscuras de su infancia. Don Alfonso Jiménez era un hombre de contrastes violentos: un técnico dental carismático y talentoso hacia el exterior, pero un maltratador físico y psicológico implacable en la intimidad de su hogar. La huella del abuso infantil fue una sombra dolorosa que acompañó a mi madre durante gran parte de su vida. Ella me contaba, con una tristeza que el tiempo nunca pudo borrar, el terror de las mañanas antes de ir a la escuela. Don Alfonso se encargaba de cepillarle el cabello; si un solo mechón se levantaba, si el cepillo encontraba un nudo o un copete rebelde, el castigo no era una reprimenda, sino un golpe seco y brutal en la cabeza con el lomo del cepillo. Aquella pequeña niña aprendió a quedarse inmóvil, conteniendo el aliento, esperando que el cabello perfecto la salvara de la violencia. La casa de la infancia no era un refugio, sino un escenario de responsabilidades adultas impuestas a la fuerza. Hubo incontables ocasiones en las que María Eugenia se quedaba completamente sola, a cargo de su hermana recién nacida, Victoria Isabel. En la penumbra de la casa, la bebé rompía a llorar y mi madre, siendo apenas una niña que también necesitaba consuelo, lloraba junto a ella, uniendo sus lágrimas en un coro de desamparo por no saber cómo callarla, cómo alimentarla o cómo dormirla. A ese desamparo se sumaba el peso de los adultos. Don Alfonso nunca conoció la fidelidad. Los celos y la inseguridad se convirtieron en las cadenas que ataron el matrimonio de Chabelita, quien vivía atormentada por las ausencias de su esposo. En una crueldad silenciosa, mi madre era enviada cientos de veces a vigilar a su propio padre, a seguir sus pasos por las calles para averiguar si estaba con otra mujer. Una niña convertida en espía de las debilidades de su padre para calmar la angustia de su madre. Sin embargo, en medio de ese laberinto de abuses e infidelidades, don Alfonso poseía una fascinación desbordante por la naturaleza; una pasión que se convirtió, de manera casi milagrosa, en la única ventana de luz para los hijos. Don Alfonso llevaba a casa animales exóticos. Mi madre recordaba con absoluta nitidez a un venado travieso que corría por el patio y que, en un descuido de juegos, se estiró para morderle el cabello, dejándola sin su preciado copete. También guardaba en la memoria el tacto cálido de un monito tití, una criatura tan diminuta que cabía entera en la palma de su mano; al pequeño animalito le encantaba acurrucarse y quedarse completamente dormido en ese refugio tibio que ella, experta en cuidar a otros, le ofrecía. De todas las criaturas, los monos araña dejaron la huella más profunda. Al caer la noche, los monos emitían un sonido suave, rítmico y pausado: «mmm mmmm mmm mmm...». Aquella melodía de la selva fue el único arrullo constante en una casa rota. Años más tarde, cuando mi madre tuvo a sus propias hijas, decidió que el dolor se detendría con ella. Cuando mi hermana y yo no podíamos conciliar el sueño, ella jamás alzó la mano ni el cepillo; se acercaba, nos acariciaba el cabello y nos arrullaba repitiendo exactamente el mismo eco: «mmm mmmm mmm mmm...». María Eugenia tomó las pocas chispas de belleza de su infancia, perdonó las sombras de su padre y transformó el sonido de los monos en la ternura con la que nos acunó a nosotros.
María Eugenia Jiménez Rivera de niña con su mama
Chabelita y Meña

CAPÍTULO IV

Un zoológico en el corazón

SSe dice que sanar es, en gran medida, volver a los lugares donde fuimos vulnerables y habitarlos esta vez desde la paz y la libertad. Mi madre, María Eugenia, no solo sanó su historia; la reescribió con pinceladas de ladridos, plumas y un amor incondicional que llenó nuestra casa de una alegría ruidosa y bendita. Aquella pasión por los seres vivos que nació entre las complejidades de su infancia floreció en su madurez como una vocación absoluta. Su hogar no volvió a ser un lugar de silencios temerosos; se convirtió en un santuario donde cada criatura era bienvenida. La pasarela de vida que cruzó por nuestro hogar comenzó hace muchos años. El primero en llegar fue Merengue, un imponente pastor alemán que nos regaló el lechero de Chipilo, trayendo consigo el aire del campo. Poco después se sumó Caramelo, otro noble pastor alemán, y más tarde llegó Tirolit, un compañero leal al que yo amé con toda mi alma. La casa parecía estirarse para albergar tanto amor; incluso hubo espacio para Mitzi, un mastín gigante cuya imponente presencia contrastaba con la ligereza de Chana, una simpática french poodle, y de Sadi, una pequeña maltés de pelaje blanco con negro. Cada uno de ellos dejaba sus huellas en los pasillos y en el corazón de mi madre. El entusiasmo no decaía; tiempo después mi papá compró un Golden retriever llamado Dollar, un ser tan profundamente amoroso que parecía entender cada estado de ánimo de la familia. Nuestra atmósfera siempre estuvo rodeada de pájaros y cantos, pues mi madre sentía una debilidad especial por las aves. En el centro de esos recuerdos destaca Minga, una lora gigante de cabeza amarilla que llenaba la casa con su imponente presencia hasta que, en cuanto encontró la menor oportunidad, escapó volando hacia el cielo para nunca volver. But el vínculo más conmovedor lo tuvo con Bibi, un periquito que llegó a sus manos desde que era apenas un recién nacido, cuando su pequeño cuerpo estaba cubierto por unas cuantas plumas. Mi madre lo amaba infinitamente. Todos los días, con una constancia sagrada, le preparaba a él y al resto de las aves un desayuno de frutas recién picadas, semillas y, en ocasiones, nueces. Se aseguraba de que cada mañana y cada noche tuvieran agua fresca y una jaula limpia. El verdadero tamaño del corazón de mi madre se metió el día en que Bibi enfermó gravemente a causa de una embolia. El periquito sobrevivió, pero quedó completamente desvalido, como si hubiera vuelto a ser un bebé. Lejos de rendirse, mi madre asumió su cuidado con una devoción conmovedora: su prioridad absoluta, dejándome a mí, a través de su entrega silenciosa, un mensaje de amor eterno y sin límites. La compasión de nuestra familia hacia las aves también se convirtió en una misión de rescate. Yo misma salvé de las garras del maltrato y la desatención a Junior, un periquito al que una familia no atendía ni alimentaba, y tiempo después arranqué a otro periquito de las sombras de la hambruna para llevarlo al refugio de mi mamá. Con los años, yo misma me convertí en cómplice de esa dinámica y continué sumando miembros al clan. Llevé a Mosh, un travieso Basset hound de orejas largas que un buen día escapó de la casa y nunca volvió, dejándonos una entrañable melancolía. Pero el vacío de las ausencias siempre se llenaba con más vida. Llevé también a Chocolata, una french poodle de un hermoso tono marrón; a Chango león, otro poodle blanco de hermoso corazón, y a Niurka, una hermosa Gigante Japones cuyo porte noble le daba un aire de majestuosidad al patio, recordándonos que el amor de mi madre no conocía fronteras, razas ni tamaños. Sin embargo, ninguna historia de complicidad iguala la de Cheto. A ese pequeño perro pequinés lo traje con mi en un largo viaje desde Sudáfrica hasta México, solo para entregarlo a los brazos de mi madre, sabiendo que en ningún lugar del mundo estaría mejor cuidado. El ciclo del amor y los animales en la vida de María Eugenia cerró su círculo de la manera más hermosa: con la tercera generación. Chiquis, otra pequeña pequinés blanca, llegó a la casa como un regalo que mi hija, Eimicita, le hizo a su abuela. Ver a mi madre recibir a esa cachorrita fue constatar que el legado estaba intacto.
María Eugenia Jiménez Rivera de niña con su mama
Mi mamá con el Chango León, la chiquis y el Cheto
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Parte II

El Camino Propio

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CAPÍTULO V

Semitas beisboleras y anillos de vida

Hay amores que no nacen de la calma, sino de la necesidad mutua de encontrar un refugio. Para principios de la década de los setenta, mi madre y su hermana mayor, Guadalupe —a quien todos llamábamos con cariño Lupita—, ya habían tenido que abandonar la escuela. Con una madurez temprana, se entregaron al trabajo duro para ayudar a su madre con los gastos de los hermanos más jóvenes. A los veinte años, el destino colocó a mi madre a trabajar en una camisería. Fue justamente allí, detrás de los mostradores y las telas, donde mi papá la vio por primera vez, tal como él mismo me lo confirmó hace poco. En ese espacio, la esencia divertida, brillante y transparente de mi madre no tardaría en destacar. Fue entre hilos y prendas donde cruzó miradas con mi papá, José Raimundo Rosendo Márquez y Méndez; un hombre a quien ella siempre llamó simplemente Rosendo, o "Rose". Él era un hombre poblano, "apoblanado", que también arrastraba una historia difícil. Rosendo no era un poblano cualquiera. Era un hombre que había perdido a su padre siendo niño antes de entender siquiera qué significaba ser hijo. Su padre había sido un hombre misógino y machista, como había muchos en Puebla; un hombre que ejercía sobre sus hijos pequeños un maltrato que no dejaba marcas visibles, pero que marcaba para siempre la personalidad de quien lo recibía. Rosendo creció con un miedo que aprendió a camuflar como seriedad. Creció siendo el único hijo varón entre cuatro hermanas y una madre viuda, en una casa donde las mujeres lo protegían con un celo constante. Las hermanas Márquez no querían que su hermano se casara con cualquiera; querían que se casara con una poblana de raíces locales y apellidos tradicionales. Pero Rosendo tenía una energía contenida y una curiosidad que no respetaba límites sociales. Si algo le llamaba la atención, tenía que saber por qué. Y Eugenia le llamó la atención de inmediato. Ella no era como las demás mujeres de Puebla; no era reservada, no medía cada palabra ni esperaba que el hombre hiciera todo el trabajo de la conversación. Había en ella algo de Tampico de esos años en que vivió allí con su padre, algo de Tabasco —de la sangre de Isabel— y algo que era solo de ella: una mezcla de franqueza y picardía que hizo que Rosendo, por primera vez en su vida, olvidara las rigideces de su entorno. Corría el año de 1972 cuando José Raimundo Rosendo entró a la tienda y sus ojos se posaron en las manos de mi madre. Al ver él con mucha curiosidad el anillo de hombre que ella traía cruzó palabras. Ella, en su papel de mostradora, le explicó que era un regalo de su padre Alfonso, con la forma típica de un anillo de graduación de hombre. Pero en ese cruce de miradas, la verdadera sorpresa para mi papá no fue la joya, sino darse cuenta de que la belleza estaba en la mirada limpia y la sonrisa traviesa de Eugenia. La chispa fue tan inmediata que don Rosendo no quiso perder la oportunidad. Al día siguiente, la invitó a una cita extraña y completamente ajena al libreto tradicional: un partido de béisbol. En la cita, ambos estaban inundados de nervios; él, deslumbrado por el carisma diferente de esa hermosa mujer; ella, transparente y abierta a conocerlo. En mitad del partido de béisbol, surgió un amor que Rosendo ya no pudo contener. Al ver a Eugenia comerse con absoluto disfrute dos semitas beisboleras, supo que ella era el amor de su vida y la futura madre de sus hijas. Las citas continuaron. No fueron muchas; en 1972 bastaba con ver cómo alguien te trataba cuando no había testigos, cómo te escuchaba y cómo te miraba cuando creía que no te dabas cuenta. Rosendo y Eugenia no necesitaban más pruebas. El 14 de febrero de 1973, ellos dos decidieron entregar sus almas y sus cuerpos en un amor infinito. Lo único que dijo siempre mi madre, con su característica mezcla de picardía y solemnidad, fue: "Ese día, tu papá y yo decidimos que no habría nadie más. Ni antes, ni después". En ese amor infinito, se concibió a su primogénita: María Eugenia Márquez Jiménez, quien nacería el 17 de noviembre de 1973. Hace unos días le pregunté a mi papá cómo le había dado mi madre la noticia de que estaba embarazada, qué había sentido o cómo había recibido la sorpresa. Desafortunadamente, con esa seriedad que lo caracteriza, tampoco quiso darme detalles de aquel instante. Solo me sonrió y se limitó a recordar que la boda fue hermosa, y que mi abuelita Chabelita —Isabel—cocinó con un amor inmenso para festejar la unión. Tras romper el silencio y hacer una llamada en grupo con mi tía Memis, mi tía Isabel y mi prima Pipis, el misterio se ha esclarecido un poco. Mis tías confirmaron que, en la familia Jiménez Rivera, todos se enteraron del embarazo hasta después del matrimonio por la iglesia. Tal vez mi mamá, con esa fortaleza indomable, decidió mantenerlo en secreto para proteger su felicidad. Al llamar a mi papá, él mismo me confesó, con esa timidez que aún arrastra, el impacto de aquel momento. Me dijo que mi mamá simplemente se le acercó y le comunicó que estaba embarazada; la noticia fue tan sorpresiva que sus emociones se bloquearon. Fue mi madre quien, con una valentía tremenda, fue a hablar directamente con mi abuelita Aurorita, a quien ya conocía. Al enterarse, la abuela Aurorita miró a mi papá y le dejó caer la realidad: "Tú ya vas a ser padre". El 12 de mayo de 1973, Eugenia y Rosendo contrajeron matrimonio, impulsados por el contexto de una época de reglas estrictas. La celebración posterior fue un reflejo del amor y el esfuerzo familiar. La recepción se llevó a cabo en el patio de aquella entrañable casita de San Manuel, justo frente a la universidad, en la 14 Sur. Allí, con su sazón inigualable, mi abuelita Chabelita cocinó con infinito amor para todos los invitados. Para coronar el día, mi tía Lupita y su entonces novio les prestaron su coche color blanco, hermosamente adornado con flores, para que los recién casados iniciaran su viaje. Yo sería la quinta nieta para la abuelita Aurorita y la segunda para Chabelita. Sé, con toda el alma, que ese embarazo estuvo desbordante de amor, por venir de mi madre y por ser yo la primogénita del hijo único y preferido de Aurorita, así como el amado hermano de mi tía Ernestina. Al terminar la fiesta, mi madre se fue a vivir a la casa familiar de la 13 Poniente, bajo el techo de la abuela Aurorita. Allí conoció de forma más personal a las hermanas de mi padre, entre ellas a Ernestina y a Bertha. Esta última comenzó a desarrollar un celo profundo hacia mi madre, pues no toleraba la personalidad única y la belleza natural de Eugenia, esa luz propia que hacía voltear las miradas. Aquel conflicto provocó una relación sumamente estresante en las habitaciones de la 13 Poniente. Sin embargo, mi madre se mantuvo fuerte, blindada por el amor inmenso que le tenía a Rosendo y aferrada a una esperanza sagrada: darme un hogar seguro y un padre ejemplar. Después de unos meses de resistencia en casa de Aurorita, mi papá logró comprar su propia casa en la colonia Maravillas. Lo más rápido que pudieron, empacaron y se mudaron. Mi mamá recordaba con una sonrisa que, al llegar, solo tenían su cama, un radio de pilas y el amor inconmensurable de poseer un bien inmueble que ahora, por ley y por derecho propio, también era de ella. Aquella firma al casarse había sido un pacto de amor donde todo lo que mi papá construyera a partir de ese momento pertenecería a ambos. Finalmente, tras meses de dulce espera, el 12 de noviembre mi madre comenzó a tener los dolores de parto. Todo el mundo en la familia estaba inmensamente feliz, porque el 12 de noviembre era el cumpleaños de Ernestina, "Titina", la hermana más pequeña de mi papá. Mi tía Titina me contó después la emoción tan grande que sentía de que yo naciera el mismo día de su santo. Todos esperaban con ansias mi llegada para el 12, pero yo simplemente decidí no salir ese día. Pasó el 13, el 14, el 15 y el 16. Fue hasta el 17 de noviembre, cuando mi madre ya no podía más con el cansancio, que los médicos procedieron a realizar una cesárea y, finalmente, nací yo. Mi mamita me contaba siempre, con una emoción increíble y los ojos brillantes, que lo primero que pudo ver de mí al despertar fue mi pequeña patita alejándose de ella mientras me llevaban a la mesa de limpieza. Unas horas más tarde, por fin me tuvo entre sus brazos. "¡Tienes la cara de Rosendo!", exclamó muerta de risa. Qué regocijo tan grande sintió la familia; los Márquez y Méndez y los Jiménez Rivera se encontraban unidos para siempre a través de María Eugenia Márquez Jiménez. Mi papá, fiel a las tradiciones, organizó junto a mi madre mi bautizo. Los padrinos elegidos fueron Eduardo Méndez Cruz —primo hermano de mi papá— y Guadalupe Ortiz, amigos inseparables de la juventud de mis padres. Pocos meses después, mi madre anunció que otro milagro se estaba gestando en su vientre. Al nuevo ser decidieron llamarla Aurora Isabel, una combinación de nombres perfecta en honor a las dos abuelitas. El 29 de junio de 1975 nació mi hermana, convirtiéndose en la octava nieta de Aurorita y la cuarta de Chabelita. A partir de ese día, mi vida cambiaría para siempre al tener una única y entrañable hermana. Mi mamá siempre me recordaba, entre risas, que yo me puse sumamente celosa con la llegada de la bebé: ¡le mordí el piececito a mi hermana recién nacida! Mis padres tuvieron que trabajar con mi con mucha paciencia. Sin embargo, ambas fuimos, somos y seremos siempre las niñas más felices. Nuestra infancia estuvo colmada de grandes sorpresas, rodeadas siempre de un zoológico propio. Cuando María Eugenia usaba ese anillo de hombre en la tienda de perfumes —ese anillo que don Alfonso le había regalado, símbolo de todo lo que ella no había podido estudiar— no era solo una joya; era una herencia de sobrevivencia. Y ahora, en este libro, Isabel vuelve a cocinar a través de estas páginas. Cada palabra que escribo es un ingrediente que ella me enseñó a medir: con la mano, con la mirada, con el olfato, con la certeza de que la memoria solo sabe bien cuando se hace con amor y con la verdad de lo que fue. A veces me asalta la nostalgia al recordar que nunca le pregunté a mi mamá cuáles fueron sus tardes con mi papá, qué hacían juntos o a dónde iban en la intimidad. Solo está en mi recuerdo lo que ambos contaban, con la salida al béisbol como el hito más destacado. Pero la esencia de su unión quedó resguardada en la fortaleza con la que decidieron construir nuestro hogar. Teniendo grabadas en el cuerpo las cicatrices de su propio pasado con don Alfonso, mi mamá tomó una decisión sagrada: ella nos regañaba, nos guiaba y nos educaba con firmeza, pero jamás, ni una sola vez en la vida, nos levantó la mano. Se negaba rotundamente a repetir el ciclo del miedo, y gracias al apoyo de mi papá, sus manos se convirtieron en el refugio que nos sostuvo siempre.
María Eugenia Jiménez Rivera y José Raimundo Rosendo Márquez y Méndez
Eugenia y Rosendo, mis padres

CAPÍTULO VI

El nido en Maravillas, la música y los frijoles a escondidas

Para el momento en que nuestra familia empezó a crecer, mi papá ya era un hombre completamente independiente. Had terminado su carrera de contador y, años atrás, había sido contratado por una importante fábrica transnacional dedicada a la producción de abrasivos sólidos y revestidos llamada NORTON. Hoy en día esa planta ya no existe en Puebla, pero permanece en pie el monumento erigido por esa gran empresa en la que Rosendo trabajó por más de veinte años. Allí escaló posiciones que se ganó a pulso con su inteligencia, astucia y ese arduo esmero que aprendió solito desde niño para cuidar primero de su madre viuda, y ahora de su esposa y de la niña que ya crecía a pasos agigantados. Recuerdo con una nitidez que me estruja el corazón las veces que, siendo yo muy pequeña, mi papá me llevaba de la mano a conocer su mundo laboral. A la fecha, el aroma de esa fábrica me provoca un sentimiento de amor profundo e inexplicable. Era un olor a industria, a abrasivos, a esfuerzo. Caminar de la mano de mi papá entre esos gigantescos hornos, escuchando cada sonido ensordecedor emitido por esa monumental maquinaria, era como caminar al lado de un gigante bondadoso. Recuerdo el frío del metal bajo mis zapatos mientras subíamos las altas escaleras estructurales para llegar, finalmente, a la seguridad de su oficina. Esas visitas sembraron en mí la admiración por el trabajo duro. Rosendo tenía ya una base sólida de ingresos cuando decidió unir su vida a la mujer que se convertiría en el amor de su existencia: aquella morena de fuego, curvilínea y brillante como una esmeralda; mi madre. Poco a poco, la casa de la colonia Maravillas se empezó a llenar de muebles que ambos elegían con ilusión para decorar su morada. Al poco tiempo, mi hermana y yo tuvimos nuestro propio cuarto y la televisión más nueva de la época. En esa pantalla disfrutamos de caricaturas y telenovelas junto a mi mamá, devorando palomitas de maíz hechas en casa y pasando horas jugando con muñecas. Tengo tan grabados los recuerdos de mi pequeña infancia: mis famosos palitos de madera para construir y un cochecito de juguete que, aunque era de mi hermana, se convirtió en mi preferido; yo le daba mi triciclo a ella y yo manejaba el cochecito, recolectando miles de cosas en mi camino. Afuera de la casa de Maravillas crecía un hermoso pinito detrás de una reja de menos de un metro de altura. Supongo que en aquellos tiempos el mundo no era tan peligroso como para no permitirse una reja de ese tamaño. Allí pasábamos los días, con mi hermana siempre a mi lado, jugando, peleando y disfrutando el milagro de ser hermanas. Sin embargo, la madurez me ha otorgado una perspectiva muy distinta sobre cómo vivían mis padres su relación. Mi papá cargaba con una profunda inseguridad que lo convertía en un hombre sumamente celoso y posesivo, aunque es vital aclarar que jamás hubo manipulaciones o agresiones físicas; mi padre nunca tocó a mi mamá. Su control se ejercía de maneras sutiles y cotidianas, amparado en el hecho de que mi madre no tenía un trabajo "formal" fuera de casa. Debido a esta situación, mi papá le pedía hacer cosas que ella realmente no disfrutaba. Se volvió una obligación inquebrantable tener que ir todos los domingos sin falta a ver a la abuelita Aurorita. Peor aún, mi mamá tenía que cuidar a la abuela todos los días, de lunes a viernes por las mañanas, porque se quedaba solita. A pesar de que en la casa había automóviles, mi mamá no gozaba del privilegio de manejar ninguno de los vehículos de mi papá; una gran limitante que la obligaba a depender siempre de los camiones para poder trasladarse a ver a su propia familia. Mi mamá nunca me confesó la razón profunda de por qué Rosendo era tan celoso, pero imagino que el entorno no ayudaba. Mi madre era una mujer espectacular, dueña de una belleza deslumbrante que incluso superaba a la de sus hermanas, lo cual despertaba comentarios y tensiones. Las miradas de los hombres se posaban en ella, especialmente las de sus propios cuñados, quienes nunca limitaron sus ojos al verla pasar. Esto enfurecía a mi papá, quien le exigía que no usara faldas cortas. Mi tía Lupita recuerda con claridad que mi mamá tenía que optar por usar pantalones para evitar las escenas y los enojos de Rosendo. A nivel de pareja, mi madre hacía todo lo que él le pedía, aunque siempre se quejaba discretamente con su mamá Chabelita y con sus hermanas sobre los límites y la situación que la asfixiaba. Curiosamente, mi percepción infantil era completamente opuesta: yo nunca percibí que hubiera límites en casa. Al contrario, a mis ojos, mi mamá lo tenía todo a manos llenas: ropa, zapatos y pequeños lujos como joyas preciosas. Del mismo modo, mi hermana y yo crecimos sintiendo que lo teníamos todo a manos llenas, protegidas en una burbuja de abundancia material que mi papá proveía con orgullo. Frente al ambiente estricto de los Márquez, el verdadero paraíso de libertad estaba en la casa de mi abuelita Chabelita. Mi madre solía repetir una frase que le enseñó su mamá: "Hijas de mi hija, mis hijas". Esta máxima popular encierra una verdad psicológica muy profunda en las familias mexicanas: el lazo con la abuela materna suele ser un territorio libre de sospechas, donde el amor fluye sin las barreras de los apellidos o los celos territoriales. Significaba que para Chabelita nosotras éramos una extensión directa de su propio corazón, y por eso nuestro vínculo con ella fue siempre mucho más fuerte y cálido que con la abuelita Aurorita. Visitar a Chabelita cada sábado era una travesía larga y emocionante. Ellas vivían en la calle Río Conchos número 5533, en una casita pequeña con un patio enorme en la colonia San Manuel. Ir en camión desde Maravillas hasta allá era toda una odisea de doce kilómetros que nos tomaba una hora y media. Llegábamos primero al centro de la ciudad, transbordábamos a otro autobús y finalmente enfilábamos a San Manuel. Tengo la imagen viva de mi abuelita corriendo al lado del camión para alcanzarnos unos churros calientes por la ventana. Para ese entonces ya había nacido la tercera nieta de Chabelita, hija de mi tía Lupita, a quien llamaron también Guadalupe. Así, las tres pequeñas formamos una unión inquebrantable de fraternidad y amor de primas: Auri, Pipis y yo. Como yo era la nieta mayor, siempre intentaba liderar los juegos y guiarlas en lo que hacíamos. A veces se hartaban de mi mandonearía, así que nuestra solución perfecta era jugar a los "policías y ladrones": yo era la ley y tenía que corretearlas por todo el terreno. El patio era un universo de aventuras gastronómicas y rurales. Mi abuelita tenía pollos, gallinas y unos gallos con los que jugábamos a desafiar el peligro. Terminé corriendo miles de veces con las lágrimas saltando de mis ojos mientras un gallo me perseguía para picarme, gritando por mi mamá, quien siempre aparecía a tiempo para darnos un abrazo y salvarnos del ave. Escalábamos las piedras que mi abuelita guardaba en el patio y jugábamos con los gatitos recién nacidos. Éramos inmensamente felices en ese entorno rural dentro de la ciudad. También andaba por ahí una perrita muy fina, un terrier llamado Happy, que mi abuelo Alfonso le había dejado a mi abuelita y a la que mi mamá amaba con locura. Fue en ese patio donde ocurrió una de mis mayores travesuras y mi primer gran susto. Corriendo detrás de mi hermana y de Pipis, me resbalé cerca de un camión que estaba estacionado en el terreno de mi abuelita. El vehículo tenía expuestas las estructuras traseras de la base, a las que llaman redilas. No alcancé a frenar y estampé mi frente contra el filo del metal, abriéndome la piel. No recuerdo el dolor, pero sí recuerdo ir corriendo con la cara cubierta de sangre y las lágrimas nublándome la vista. Mi mamita, con una velocidad increíble, agarró la primera toalla que tuvo a la mano —que resultó ser la de la perrita Happy—, me la apretó con fuerza en la frente para contener la hemorragia y me llevó volando al hospital. Al día siguiente, para el asombro de todos, ya estaba en la escuela bailando con un enorme parche en la cabeza. A mi hermana siempre la consentían dejándola quedarse a dormir en casa de Chabelita para que jugara con Pipis. Yo, en cambio, como era una pequeña glotona y bastante traviesa, prefería regresar, aunque antes le hacía pasar sus buenos apuros a mi abuelita con la comida. La cocina de Chabelita era espectacular; preparaba verdaderos manjares cuyos sabores jamás volví a encontrar, ni siquiera en las manos de mi madre. Pero el recuerdo sagrado que compartimos todas las nietas son sus frijoles. En mi casa, mis papás jamás nos pusieron límites con la comida; siempre fuimos bendecidas con la abundancia. Mi abuelita, por el contrario, debido a las severas carencias que había sufrido en su pasado, mantenía un orden militar y una estructura rígida con los horarios y las porciones de los alimentos. Yo era una niña y no entendía de traumas históricos de escasez; solo sentía que no me querían compartir, lo cual me hacía enfurecer. A la hora del almuerzo, nos sentábamos a la mesa la enorme comitiva: mi mamá, mis tías Lupita e Isabel, Alfonso, Rocío, mi abuelita y las tres pirinolas (Auri, Pipis y yo). El horario era estricto, el agua se tomaba en un momento preciso y el postre era un privilegio medido. Así que ideé un plan perfecto que recordaré toda la vida: como era tan pequeña que cabía perfectamente debajo del mueble del fregadero de mi abuelita, esperaba el menor descuido para robarme una torta de pan. Metía la mano a la cazuela, embarraba el pan con esos frijoles perfectos y me escondía en la oscuridad debajo de la tarja a disfrutar mi botín. Yo era la ladrona de tortas que se ocultaba entre las tuberías. El sabor de esos frijoles, combinados de manera tan magistral por Chabelita, es algo que llevo atado al corazón. El arte y la música eran el verdadero lenguaje de comunicación en nuestro hogar. Es fascinante ver cómo dos seres tan opuestos musicalmente pudieron complementar mi propio mapa emocional. Mi madre amaba la música moderna, la electrónica y los ritmos en inglés de los años setenta. No entendía las letras por completo —su inglés era básico y puramente autodidacta—, pero adoraba la vibración de las notas. Mientras se organizaba la vida en los setenta, en nuestra casa resonaban artistas que marcaron mi gestación, construyendo una sinfonía única que con los años me daría la fuerza para trazar mi propio destino y emprender el vuelo hacia horizontes lejanos.
Foto de la casa en Maravillas donde vivieron mis padres
Sierra Madre 9029, Colonia Maravillas, Puebla, Pue.

CAPÍTULO VII

Las hadas madrinas y el vuelo hacia el Sur

Recuerdo que una vez, en la cama del hospital después de haber dado a luz, Marco se acercó a mí y me dijo que era una niña; que tenía los ojos azules. En ese momento, completamente agotada, me quedé dormida. Sí, mi nenita hermosa, tenías los ojos azules como el cielo Sobre esto quiero contarte una anécdota. Mi abuelita Aurorita era una señora blanca, casi transparente, de cabello gris encanecido y unos ojos azules divinos. Para ella, las hijas de Rosendo —su único hijo— eran sus favoritas, y yo lo sabía perfectamente; sabía que era una de sus preferidas. Un día, siendo yo muy pequeña, tanto que apenas alcanzaba la altura de la mesa de su comedor, me acerqué a ella, la miré con profundo amor y le pregunté: —Abuelita, ¿cuándo te mueras me regalas tus ojos? Al escucharme, mi papá se levantó de inmediato, me jaló de la oreja y me hizo llorar por la impertinencia. Pero la abuelita lo detuvo: —No, no le pegues. Déjala —le dijo. Me atrajo hacia ella con mucha ternura, me miró fijamente y me prometió: —Sí, mijita. Cuando yo me muera, te regalo mis ojos. Y me cumplió; me regalo sus ojos a través de ti. Aunque Marco tiene ojos verdes, para mí la abuelita me heredó su mirada en tu ser. Para 1990, mi abuelita Aurorita ya había partido, dejando en mi papá la firme promesa y la costumbre de visitarla en el panteón cada mes para llevarle flores y limpiar el lugar donde yacía descansando. Debido a esto, el ritmo de vida de mi mamá se tornó en la monotonía de ir todos los domingos al cementerio, para luego desayunar en casa de mi tía Ernes o en restaurantes junto a ella y la pequeña Gloria Aurora (Titi), que ya había nacido. Mi papá sentía una enorme gratitud hacia mi tía Titina por haber cuidado de mi abuela hasta su último suspiro, y por la soledad que ella vieja al estar separada de mi tío Arnulfo, él la visitaba sin falta. Era como si el alma de mi abuelita siguiera presente en esa casa. Cumplía semana a semana con la devoción de un hijo amoroso; hoy puedo entender perfectamente el sentimiento de mi papá al perder a su madre y quedar huérfano, así como el lazo tan estrecho con su hermana, pues ambos compartieron los mismos dolores en la infancia y la sagrada tarea de cuidar al único ser que los amó sin límites. Mi mamá, sin embargo, no lo entendía así en ese tiempo. Le fastidiaba cumplir con esas visitas semanales que se convirtieron en una rutina pesada y en la base de sus constantes quejas con su propia madre y hermanas. Se quejaba fervientemente de esos momentos monótonos porque ella aún no experimentaba el dolor de perder a un padre. Además, como mi mamá cumplía años el 13 de agosto, el mismo día que mi abuelita Aurorita, mi papá las festejaba a ambas; pero al faltar la abuela, él iba sin falta al cementerio en esas fechas, algo que mi mamá detestaba porque sentía que empañaba su día, el cual deseaba pasar a solas con su propia familia. A pesar de las fricciones, la ausencia de mi tío Arnulfo permitió que mi papá, como hermano mayor, se acercara más a mi tía Ernes para procurarla y cuidarla en sus momentos críticos. Aunque ella nunca tuvo necesidades económicas, el cariño mutuo siempre fue inmenso y me hizo muy feliz. Los días con mi tía eran mágicos. Mi mamá cuidó nuevamente de mi primita Titi debido a que mi tía debía trabajar; y aunque mi mamá expresaba a veces el pesar por la carga de las tareas, dejó plasmado en Titi un amor incondicional que mi prima y mi tía Ernes siempre le correspondieron con profunda gratitud. Fue impresionante la ternura que provocó aquella chiquita desde que estaba en la incubadora. Después de Titi no había habido ningún bebé en la familia, y en casa de mi mamá, ella representaba la primera nieta, por lo que su nacimiento causó un revuelo total. Saliendo del hospital, la primera casa que visitamos fue la de mi tía Ernestina, por ese gran amor y agradecimiento que mi papá le profesaba. Cuando naciste tú, Eimicita, despertaste esa misma oleada de amor. Mi mamá me enseñó todos los cuidados esenciales que debía tener contigo: desde el baño, cómo cambiarte el pañal, hasta ponerte tu crema y mis propios cuidados como mujer. Sobre todo, me dio un apoyo moral invaluable en un momento de mi vida que no había sido planeado, pero que el amor de mis padres me hizo sentir fácil de afrontar. Por supuesto, no faltaron las críticas. Recuerdo a Bertha, la hermana de mi papá, quien con su actitud siempre que me veía me insistía en que debía casarme para "no vivir en pecado" y bautizar a la nena según las leyes de la Iglesia Católica. Finalmente, en noviembre de 1995, Marco y yo decidimos bautizarte. Te bautizamos como Aurora en honor al regalo de los ojos azules de mi abuelita, y Eimi como la combinación de las iniciales de Eugenia y Marco. Tu tía Auri, mi única hermana, a quien amaba infinitamente por ser mi hermana menor, fue tu apoyo incondicional en todo. Ella y mi mamá estaban completamente enamoradas de ti. Tu tía Auri siempre lograba dormirte con una paz increíble, mientras que conmigo te la pasabas llorando y llorando. ¡Cuánto amor despertaste, Eimicita! Después de la ceremonia religiosa, compartimos una comida en casa de Marco, donde todos fueron a despedirme, pues ese día dejaba oficialmente la casa de mis padres para comenzar mi vida de casada. Cómo lloró mi papá; derramaba mares de lágrimas. Mi mamá y Auri lo abrazaban, tratando de contener sus propias lágrimas al ver que me quedaba en una casa ajena, sintiendo que me perdían. Al despedirme de ellos, ver a mi papá llorar como un niño que pierde lo más sagrado de su vida fue un impacto que a la fecha no he vuelto a ver jamás. Mi mamá y Auri estaban desconsoladas y temerosas por mi porvenir, pero se mantenían firmes apoyando mi futuro, que ahora era contigo. Finalmente, tres meses después, las circunstancias cambiaron y dejé la casa de Marco para irme a vivir sola contigo en mi primer departamento. Como Dios siempre acomoda las cosas en un vaivén perfecto como las olas del mar, en ese mismo año de 1995 mi papá abrió su propia empresa, la cual bautizamos como Distribuidora de Abrasivos y Productos Industriales Márquez, S.A. de C.V. (DAPIMSA). Yo misma ayudé a elegir el nombre y a diseñar el logotipo. Ahí me inicié como una mujer independiente: aprendí, lloré, trabajé, cargué mercancía y disfruté de las ventajas y retos de ser la hija del dueño. A partir del 1 de enero de 1996, tu papá y yo entramos a trabajar oficialmente en la empresa de mi papá para generar nuestro sustento. Recuerdo con tanta alegría a mis padres viendo sus sueños hechos realidad, viéndome trabajar codo a codo con mi papá, y teniéndote a ti a nuestro lado. Mientras yo trabajaba duro para salir adelante, mi mamita y Auri te cuidaban en casa con el amor más puro y grande que pueda existir. Ambas han sido tus hadas madrinas; de hecho, Auri es tu madrina de bautizo y ha sido una mujer excepcional llenándote de cariño. Los años pasaron y yo jamás dejé de prepararme para el futuro. Comencé a estudiar idiomas, alemán y francés. El año 2000 marcó un verdadero parteaguas en mi vida: primero, por la gran oportunidad de viajar a Monterrey contratada como ingeniera de producto para VSM Abrasives; y segundo, por mi decisión de estudiar la carrera de Ingeniería Mecánico-Eléctrica en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Todos los días me imponía el reto estricto de que, si reprobaba una sola materia, dejaría los estudios. Me costó muchísimo trabajo, pero logré sacar adelante los cinco años de la carrera, y todo fue gracias al apoyo absoluto de mis tres pilares: mi madre, mi padre y mi hermana. A veces te quedabas solita con mi mamá y Auri mientras yo estudiaba o trabajaba. Así, paso a paso, la niña que alguna vez hizo la maleta para irse con la vecina, la que pedía una antena parabólica para escuchar la música del mundo y se enchinaba el cabello para parecerse a su mamá, se convirtió en madre, de igual forma en esposa, estudiante y trabajadora. Me transformé en la mujer que mi madre siempre supo que sería: alguien que no se detiene, alguien que, aunque el camino se desvíe, sigue caminando. Mi mamá nunca dejó de creer en mí; ni cuando dejé la universidad la primera vez, ni cuando me fui de su casa, ni cuando decidí empezar de cero. Ella siempre estuvo ahí con comida recién hecha para la hora del recreo, la ropa limpia, la puerta abierta y un amor que no se agota. Verdad con ternura: así fue mi mamá, y así escribo yo. Es verdad que mi mamá solía quejarse del "tener que". Uno de sus pequeños defectos era comentar las cosas sin mesura y a veces sin compasión, dejando salir constantemente la queja de que tenía que cuidarte, tenía que cocinar, tenía que atender a los perros y a los pájaros... Ese "tenía" parecía no permitirle hacer lo que realmente quería. En realidad, yo nunca entendí del todo esa parte. Un día la confronté mientras se quejaba de los límites de estar con mi papá y le manifesté de frente que, si no era feliz, la única solución era dejarlo. A raíz de esa fuerte conversación, decidí cambiar mi rutina y dejé de convivir los sábados con la familia de mi mamá; un distanciamiento cuyas razones profundas explicaré en la segunda parte de mi autobiografía. A partir de entonces, dediqué mis sábados por completo a mi tía Ernes y a mi prima Titi. Poco después de mi graduación, el 8 de marzo de 2006, mi hermana trajo al mundo a María Luisa. ¡Qué bendición tan grande para la familia! Luisa se convirtió en la segunda nieta de mi mamá. Para ese entonces, mi nena, tú ya tenías 11 años y habías sido el centro del amor absoluto de tus abuelos, especialmente de mi mamá, quien te llevaba a hacer tus ejercicios todos los días, te enseñó a bañarte solita y te inculcó la limpieza personal y del hogar. Durante la época de la universidad, compartí momentos maravillosos con mi tío favorito de ese tiempo, mi tío Alfonso, hermano de mi mamá. Él se convirtió en mi mejor amigo y en parte de mi inspiración para seguir superándome a pesar de las carencias y adversidades. Siempre andábamos juntos; salía con él, compartí mis primeras fiestas junto a él y mi hermana Auri, quien con mucha gracia iba por mí cuando me pasaba un poco de copas. Qué hermosos recuerdos... Mientras tanto, mi mamita adorada se quedaba cuidando de ti, Eimi. El amor de mi madre nunca cambió ni desistió; tenía un corazón inmenso para ti, para Luisa y para todos los que formaban su familia, sin flaquear y sin doblarse jamás. A pesar de los problemas con mi papá —que en ese entonces yo aún no comprendía del todo—, ella nunca se rindió y siempre mantuvo un hogar cálido a donde llegar. Cuando obtuve mi primera casa propia adquirida a través del Infonavit en Los Héroes, decidí que mi hermana podía vivir en ella, mientras que yo regresé a vivir con mis papás. Tras haber dejado atrás mi historia con Marco, mis deseos de seguir creciendo personal y profesionalmente eran inquebrantables y nadie me los iba a arrebatar. Regresar con mis padres me permitió terminar mi carrera y buscar nuevas oportunidades laborales, ya que había alcanzado mi tope de crecimiento en DAPIMSA. De la mano de mi papá aprendí a ser una verdadera profesional; me enamoré profundamente de los abrasivos y de los procesos industriales, los cuales fueron la base técnica que me impulsó a estudiar ingeniería. Las enseñanzas de mi papá formaron la estructura de mi ser profesional; su mano fue dura, pero fue la clave de mi éxito, sin olvidar jamás que mi mamá se dedicaba en cuerpo y alma a cuidar a mi hijita mientras yo no estaba. Trabajé duro, viajé, aprendí y sudé, pero siempre con un enfoque claro: ser. Es una palabra simple, pero encontrar la forma de lograrlo es un reto que no todos consiguen. El amor, la comprensión y la dedicación de mis padres fueron las herramientas clave para que yo lograra ser quien yo quisiera ser. Los conocimientos en DAPIMSA me dieron alas, y mi carrera me dio la oportunidad de volar hacia Dual Talleres Metal Mecánica como ingeniera de proyecto. Empecé a viajar por toda la República representando a la empresa, y mi mamita siempre fue mi otro yo, actuando como la verdadera madre de mi hija en Puebla mientras yo estaba ausente. Pasaron dos años más cuando el destino me llevó a conocer a Hendrick Jacobus Ellis, en Sudáfrica. A ti, mi nena, te costaba mucho adaptarte al principio; extrañabas entrañablemente a mi mamá y a mi hermana, y solo pensabas en regresar por lo menos cada seis meses. Por mi parte, me esforcé en construir un sustento independiente para poder viajar a México cada año. Afortunadamente, Hennie y yo pudimos regresar a pasar una Navidad maravillosa con mis padres. Nos recibieron de la manera más hermosa; Hennie se ganó por completo la confianza de mi papá, y mi mamá, con su alegría eterna, lo aceptó de inmediato como parte de mi vida. Estar juntos en México me hizo comprender que mi ciclo ahí había cerrado y que mi presente pertenecía a Sudáfrica, por lo que regresé completamente convencida de mi nueva etapa. Un mes antes del Día de las Madres, ya de vuelta en Sudáfrica, hablé con mi papá y le pedí que le regaláramos a mi mamita un viaje para que conociera mi maravillosa vida, mi casa y los logros que había alcanzado gracias a ellos. Así fue como mi mamá llegó a Sudáfrica para quedarse tres meses espectaculares conmigo. Jamás olvidaré su llegada: venía toda despeinada y asustada porque se había perdido en la estación hasta que alguien la ayudó a salir; al verme, llorando me dijo: «Pensé que no habían venido por mí». Disfrutamos su estancia con un amor inmenso. Viajamos, paseamos y comimos juntas. Por primera vez logré ver en mi mamá a la mujer, a la amiga y al ser humano disfrutar plenamente de mi realidad, agradeciendo a Dios por mi vida en un país tan diferente y hermoso. Al ver que yo era inmensamente feliz, por fin se quedó tranquila. Muchas veces le hice saber que estar en donde quería, preparando un futuro hermoso para ti y para mí, era un logro que les pertenecía a ella, a mi papá y a mi hermana. Mi mamá disfrutó de las montañas de Ciudad del Cabo, de la playa, los museos y la gastronomía; gozó los viajes en tren, especialmente aquel trayecto hacia Upington, donde operarían a mi hijita de las anginas. Allí pasamos unos días de tremenda alegría con mis amigos de Cuba, entre comida cubana, bailes y un amor desbordante que le dio a mi mamá las memorias más hermosas de su viaje. Ella vivió una experiencia inolvidable, y fiel a su esencia generosa, solo pensaba en comprar cosas para su familia en México, olvidándose de sí misma. Siempre fue así, buscando un pequeño detalle para los suyos. Fue triste ver que mi hija tuvo que regresar a México antes que su abuelita porque ya extrañaba al resto de la familia, a su abuelo, a su tía y a sus amigos. Mi mamá se quedó unos meses más conmigo, un tiempo único donde se nos olvidó por completo el rol de madre e hija y convivimos como dos grandes mujeres y amigas. Ella siempre estaba preocupada por el bienestar de lo que dejaba en México: por mi papá, por Auri, por sus perritos y sus periquitos —unos animalitos que amaba con todas las fuerzas de su alma—. Su constante inquietud por saber si mi papá estaba bien o qué iba a comer fue lo que limitó que se quedara más tiempo conmigo. Despedirme de ella y verla abordar el avión de regreso a México fue un dolor profundo que me dejó sola en mi nueva realidad. A partir de entonces, la comunicación con mis padres se volvió más pausada debido a la distancia; aunque intentábamos hablar diario, a veces las ocupaciones lo impedían, por lo que el contacto físico se redujo a nuestras visitas anuales en Navidad. Mis padres hacían de cada regreso algo mágico: me esperaban con mis comidas favoritas, organizaban asados en casa, visitas a familiares y reuniones con amigas para hacerme sentir la mujer más dichosa. Yo intento recompensarles todo ese sacrificio con amor concentrado una vez al año, pero la distancia no impedía que mi mamá estuviera presente todos los días de su vida, mandándome sin falta un mensaje de buenos días y su bendición. Años después, una vez establecida en Alemania, independiente, mi hija regresó a mí para quedarse. Me esforcé al máximo por darle a mi nena el hogar estable que siempre le prometí. Sé que mi mamá sufrió muchísimo al perder la cercanía de su "Micita", como ella te llamaba cariñosamente. Mi niña, mi cielo, aunque estas memorias están escritas en honor a tu abuelita, las hice pensando enteramente en ti, para que jamás olvides el ser tan extraordinario que fue. Tú lo sabes porque lo viviste; ahora te corresponderá a ti escribir tus propias memorias, unas que serán aún más cercanas porque compartiste el día a día con el ser más hermoso de este planeta. Cuando cumplí 49 años, mi trabajo me exigía viajar constantemente a México y Latinoamérica, lo que a partir de 2022 me bendijo con la oportunidad de convivir más de un mes seguido con mis amados padres. Eso nos hacía inmensamente felices a todos, pero de manera especial a mi mamá, quien me consentía con mis platillos preferidos en cuanto ponía un pie en la casa. Mis padres estaban por cumplir casi 50 años de casados; una vida entera de altibajos, de madurar y empezar a envejecer juntos, amando plenamente a sus hijas y a su nieto, a quien bautizaron como Raymundo en honor a mi padre, especialmente porque su carita es el vivo retrato de mi papá cuando era niño. In 2023, una fuerte alerta médica nos llenó de profunda preocupación: los médicos encontraron un tumor en el útero de mi mamá que requería una intervención quirúrgica inmediata. Viajé de urgencia para agilizar el procedimiento, pero desafortunadamente el diagnóstico fue cáncer, y era tan agresivo que ya se había extendido fuera del útero. Los pronósticos médicos eran sumamente desalentadores y pesimistas. Para el año 2024, Dios me bendijo con un proyecto contratado en México, lo que me permitió estar presente durante los meses más difíciles de la enfermedad de mi mamá. Estuve a su lado tras las duras sesiones de radioterapia, pero al recibir el resultado de su primer estudio PET, la realidad nos golpeó con crueldad: el cáncer había hecho metástasis en varias partes de su cuerpo. A pesar de la gravedad, y debido a que no queríamos llenarla de terror ni espantarla ante una evolución totalmente desconocida para nosotras, mi hermana y yo tomamos la decisión de protegerla del diagnóstico. Evitamos comentarle la magnitud de la noticia que a nosotras nos devoraba el alma día con día; gracias a eso, ella mantuvo intacto su espíritu alegre, lleno de energía y felicidad. En diciembre de 2024 tuve que regresar a Sudáfrica por cuestiones laborales, sabiendo que mi mamita continuaba en proceso de atención médica. En su mente, su mayor deseo era operarse la columna debido a que el dolor de espalda la aquejaba con más fuerza que el propio cáncer que la estaba consumiendo en silencio. Desde Sudáfrica hablaba con ella y con mis tías prácticamente todos los días para monitorear sus novedades, pero la enfermedad superó rápidamente cualquier expectativa médica. En junio regresé para estar con ella en sus últimos días. Hasta el último suspiro de su existencia, mi madre me dio su bendición. Incluso en su lecho de muerte, su único y constante pensamiento fue el bienestar de los suyos: «¿Ya comió tu papá?», me preguntó con un hilo de voz. «¿Y mis periquitos?». «Todos están bien, mamá», le respondí con el corazón deshecho mientras la sostenía. En ese momento, envié un mensaje urgente a toda la familia pidiéndoles que mandaran notas de voz con palabras de ánimo, asegurándoles que ella los estaba escuchando. Completamente lúcida, pensando en cada uno de nosotros y cobijada por los audios de amor de su familia, me miró, me dijo que se sentía mal y, pacíficamente, dejó de respirar. Mi mamá se fue de este mundo escuchando el amor puro de su familia, con la absoluta paz de saber que mi padre estaba bien, que su hermana, sus hijas, sus nietas, sus nietos y sus amados animalitos quedaban bajo un manto de unión. Se marchó rodeada del amor que ella misma sembró.
Foto de Mama en Sudáfrica
Mamá en Sudáfrica, frente a Table Mountain, Ciudad del Cabo.
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EPÍLOGO

La Promesa del Mar

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🌊 Epílogo

La Promesa del Mar

Al organizar tus pertenencias, mamá, descubrí tesoros que esperaban un "mañana" que nunca llegó: perfumes intactos, ropa sin estrenar, ahorros que se quedaron en el olvido. Entendí, con dolor y gratitud, que la vida no se acumula, se vive. Por eso, hija mía, mi mayor herencia para ti no son las cosas materiales, sino esta certeza: no guardes nada para una ocasión especial.
La ocasión especial es hoy. Baila, canta, usa tu mejor ropa, rocía ese perfume que tanto te gusta y disfruta cada bocado como si fuera un banquete. Maquíllate todos los días, no para que te vean, sino para celebrarte a ti misma. Porque al final del camino no nos llevamos lo que guardamos, sino los momentos que atesoramos. Florece hoy, sonríe siempre, que en el cielo tienes un firmamento de estrellas iluminando tu camino.
Aquí, donde las palabras descansan y el papel resguarda lo que el tiempo ya no puede borrar, te dejo mi última promesa, Aurora Eimi. Te prometo que siempre, sin importar la fuerza de la tormenta, tendré la fortaleza necesaria para seguir siendo quien soy. Mi herencia me lo ha permitido, el linaje de guerreros que corre por mis venas me sostiene, y seguiré trabajando firmemente por ello cada día de mi vida.
Hoy, mi nena, cierro mi manuscrito, y con el corazón henchido de orgullo, te entrego la pluma. Ahora te toca a ti empezar tu propio libro de memorias... Camina sin temor, escribe tus propias victorias y recuerda siempre las estrofas de aquella hermosa canción del cantautor Alejandro Filio que tanto amo y que resume mi filosofía ante la vida:

"Porque no navego en barco de papel,
puedo cruzar cualquier mar;
si naufrago alguna vez, no lo olvides,
aprenderé a nadar..."

— Alejandro Filio

Tú y yo estamos hechas para cruzar cualquier océano.
No lo olvides jamás. 💕

👩‍ Acerca de la Autora

María Eugenia Márquez Jiménez
María Eugenia Márquez Jiménez

📊 Perfil Profesional

María Eugenia Márquez Jiménez es Ingeniera Mecánico-Eléctrica por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) y Maestra en Business Intelligence.
Con una mente brillante y una destacada trayectoria profesional, se ha consolidado como Business Intelligence Manager, estratega y asesora experta en procesos de digitalización y transformación tecnológica empresarial.
Su liderazgo y visión técnica la han llevado a liderar proyectos de alta complejidad a nivel internacional, cruzando fronteras geográficas y culturales con la firmeza que caracteriza su carácter.

🌸 Raíces y Tradición

Sin embargo, más allá de los datos, la ingeniería y su sólida formación profesional, María Eugenia es una mujer profundamente arraigada a sus raíces familiares y al misticismo histórico de la cultura.
Comparte un lazo inquebrantable de complicidad con su hija Eimi y Jörg Rudersdorf . En su vida en Gruiten, encuentra equilibrio, paz y lealtad en la entrañable compañía de Rudi y Matias.

💕 Su Mayor Orgullo

Su mayor orgullo, su obra maestra y la luz que guía cada uno de sus esfuerzos es su hija, Aurora Eimi.
Este libro de memorias es el testimonio vivo de su resiliencia, un legado de amor imperecedero y la prueba fehaciente de que pertenece a una estirpe de mujeres empoderadas que jamás se rinden ante el mar de la vida.
📊 💕
🎓
Formación
Ingeniera Mecánico-Eléctrica
Maestra en Business Intelligence
💼
Trayectoria
BI Manager
Proyectos Internacionales
🌍
Ubicación
Gruiten
Haan
🐾
Compañero
Matias
Bulldog Francés
María Eugenia Jiménez Rivera

"El amor que sembraste
florece en cada una de nosotras"

María Eugenia Jiménez Rivera

1950 — 2025

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Acerca de este libro

Un homenaje a la vida de mi madre, que transforma nuestras anécdotas compartidas en un jardín vivo de memoria y amor.